Casi todos sus textos inician con una oración larga; cuatro, tres líneas, agolpadas en un comienzo que pese a su longitud no da muestra de fatiga o fraseo rebuscado; todo lo contrario, es de una riqueza gramatical y sintáctica colmada de observación cuidadosa y desinteresada. A un lector más autocomplaciente la escritura del escritor español Rafael Sánchez Ferlosio, de 90 años, puede parecerle de mal gusto o de una pretensión irritante.

Tras su conversión como agente cultural, ocurrida después de publicar su novela El Jarama (1955), Ferlosio escapó a la tiranía del escritor profesional comprometido a servir como instructor de la alta cultura le parecía aberrante. El español se resguardó en la academia y se dedicó de lleno a sus estudios sobre gramática, hizo de sí mismo una especie de peregrino separado del ajetreo que supone formar parte de una burbuja cultural. No se quedó callado, solo distante, mirando con cautela a una España encanecida y arrugada, como su propia imagen en el espejo.

Quizá fue esta reclusión, esta desobediencia a la dictadura del lenguaje culto, lo que le hizo mirar a la escritura como el único bastión posible de una resistencia que, se sabe, nada puede ganar y aspira, casi con tristeza, casi con desaliento, a dejar huella de una conciencia alegre ante las palabras, siempre dispuesta a mostrar un modo distinto de revelar sus relaciones entre ellas. Convendría hablar de su inteligencia, de su inagotable capacidad para retorcer la frase, de su inventario de artefactos gramaticales, como una especie de compendio a la observación del lenguaje. Arte que Ferlosio cultivó como pocos y que se refleja acertadamente en sus Páginas escogidas (2017) y Campo de retamas (2015), ediciones que en menos de tres años lo han colocado como un referente inmediato de la literatura española escrita sin concesiones, la literatura que por guardar distancia de nuestro comportamiento es, probablemente, la que mejor nos conoce.

Como buen observador aprendió a mirar las cosas y las palabras dentro de su particularidad, sin confundirlas, a contraluz de todo lo que es la cosa en sí. Si Ferlosio escoge una palabra es por las particularidades de la misma, la escoge, me atrevo a pensar, por descarte de otras; como si cada palabra fuese seleccionada de entre un cúmulo de otras palabras más familiares, más cotidianas, más de oído, pero indiscutiblemente menos precisas que la elegida. Más que predilección, es un acto de profundo entendimiento y atención a las comisuras del léxico. En “Lenguajes”, uno de los textos que más claridad aportan al entendimiento de su obra (donde dice obra debe decir postura), el autor escribe: “En México no se le podía preguntar llanamente a una persona: ‘¿Qué tal está su madre?’, sino que había que organizarle a la pregunta este envoltorio de pastelería: ‘¿Y cómo dice que le va a la mamasita de usté?’”. Probablemente haya miles de formas, construcciones y sintagmas que hagan lo que “envoltorio de pastelería” hace en este caso, pero ninguno se aproxima siquiera a la sutil ironía, lo recalcitrante, lo empalagoso, lo preciso, de su elección.

En ese mismo texto, Ferlosio atina al señalar que esto no puede considerarse “lenguaje políticamente correcto” sino “socialmente correcto”, o más bien, “políticamente corregido”, ya que el primero responde a un puro invento intelectual, a elucubraciones tan gratuitas como artificiosas, en suma, no existe, ya que para él –a manera de chiste, de Troya apalabrada– nada político puede ser correcto.

No estamos hablando de un lenguaje forjado mediante la disciplina –aunque hay algo de eso– sino de un rechazo a la simplicidad, una negación, a la vez cuestionamiento, de lo masticado, lo prefabricado; una postura contra todo aquello que venga en paquete abre-fácil. Ferlosio no escribe para alejarse diametralmente del lenguaje empleado por la gran mayoría de escritores. No le interesa desmarcarse, aunque sin duda ha renunciado a las preocupaciones que supone el hacer literatura. El río del lenguaje lo desborda. La luz de una palabra cualquiera encandila su genio. Torcer la gramática es una obsesión que lo excede y lo guía. Le interesa provocar mediante el gesto de la frase hiper pensada, un cortocircuito en su lector.

Pocos ejemplos, pero significativos: la “recalenteda pretensión del predicado”; una invitación a “suspender el pensamiento cuadriculado”; evitar ciertas palabras “a fin de que el paisaje no lo hiciese más la propia palabra que la cosa”; “una presunta mente infantil imaginada por el mundo adulto a la medida de su cobardía” o una fábula que es para él “the most wonderful tale I ever heard” –así, en inglés, porque ninguna frase en español habría alcanzado para cubrir una declaración tan enfáticamente subjetiva–, son algunas de las ideas desplegadas a los largo de estos dos libros que manifiestan, ante todo, un sólido compromiso con sus estudios y, sobre todo, con su absoluta, incuestionable, radical y perenne persistencia.

Y es que Ferlosio emplea métodos profundamente herméticos para hacer una tarea profundamente humana: fabrica una pequeña casa a cada idea que entrega al lector; está más cerca de un carpintero que de un escritor como Javier Marías; ataca las palabras con la misma virtud de un trabajador que observa a detalle su material y busca las piezas adecuadas para el funcionamiento total de la estructura.

Aún así, no se tiene a sí mismo por profesional de nada. Idea que está a medio camino entre lo incoherente y lo imaginario, pero que, bien ejecutada, deslina al autor de cualquier responsabilidad con cualquier institución o artefacto que no sea el lenguaje. Esto le ofrece mayor libertad para escribir y publicar lo que le viene en gana. Campo de retamas  y Páginas escogidas no están pensados como libros, son cuadernos de escritura. Apuntes dispersos que resulta difícil estructurar a no ser por el método levreriano que consiste en admitir que una novela –un libro– es todo aquello que quepa entre tapa y contratapa. Los dos volúmenes están armados de forma similar. Campo de retamas está dividido en cuatro secciones: en la primera se recogen pecios (palabra con la cual Ferlosio define sus escritos dispersos y que refiere a los pedazos de una nave que ha naufragado) inéditos y dispersos en la prensa; en la segunda consta de La hija de la guerra y la madre de la patria, su recopilación de ensayos publicada en 2002; la tercera sección reúne y repite Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1993), y la cuarta está compuesta por unas cuantas cartas dirigidad al director de El País.

Páginas escogidas, editado dos años más tarde, se encarga de recabar artículos, ensayos a marchas forzadas y apuntes unidos más que nada por el carácter del estilo con el que están escritos. La lógica de acomodo de los textos corresponde a la lógica del catálogo: se da una muestra de varias facetas del autor, los textos discurren más bien como pistas de una investigación a la que resulta difícil seguir, pero sobre la cual conviene tener algunos indicios.

Si bien la lectura de Ferlosio está siempre atravesada por un dejo de impenetrabilidad y, como señala Ignacio Echeverría en el prólogo a las Páginas escogidas, “la propensión a confundir la complejidad con la oscuridad”, estas reediciones pretenden justamente romper con el paradigma del hermetismo y lo laberíntico para dar paso a una lectura que supone, hoy día, un acto extraño, pero necesario: el atroz espectáculo de la paciencia.

Vía La Tempestad

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